SARA

por Guayec Perdomo

(Versión preliminar de algo que espero se convierta en un cuento de tamaño apropiado, inspirado, entre otras cosas, en esto)


No temo a los fantasmas. Sé que no son espíritus penitentes, almas con las brújulas rotas y los mapas equivocados. Los fantasmas no tienen nada que ver con la muerte. Son sólo personas flotando entre los universos, vibrando a frecuencias de transición, atrapados entre las capas dimensionales de la realidad. Gente que pudo ser o que será, gente que tomó otras decisiones, gente echando un vistazo a la habitación contigua. Gatos de Schrödinger, ni vivos ni muertos ni aquí ni allá ni en ninguna parte.
Yo caí entre las dimensiones y asusté a la gente como un fantasma.

La conocí en San Diego una noche sin luna. Me acerqué a la barra y le dije ¿Sabes?, en el universo de al lado nunca nos conocimos, tal vez ésta sea nuestra única oportunidad. Me preguntó... Esperen, voy demasiado rápido.

Era la mujer más hermosa del mundo. De todos los mundos. Tenía ojos grandes como radares, color Jack Daniels, y su mirada era tan intensa como un disparo. A veces, mucho después, podía sentirla observándome desde el otro lado de la habitación, como una escopeta de dos cañones apuntándome entre los hombros. Solía delineárselos al estilo egipcio, o pintarse pupilas en los párpados y cerrarlos y gastar bromas a la gente.
Tenía la nariz pequeña y afilada como la aleta de un tiburón, y su boca era perfecta. Me encantaba morder sus labios, pero prefería verla a ella mordiéndoselos sin darse cuenta, concentrada frente a la pantalla del computador, revisando línea tras línea de código en la cama.
Le dije lo que le dije y ella preguntó ¿Cómo lo sabes? y yo le dije que había corrido la simulación en mi laboratorio y había indagado en el futuro alternativo hasta estar seguro, y que las vidas de nuestras versiones paralelas eran tristes y solitarias así que tal vez deberíamos ir a cenar juntos y ver qué sucede.
Ella dijo ¿Y no se te ocurrió correr una simulación para saber el resultado de nuestra cena? y yo respondí que no.
¿Por qué?
Porque ya sé cuál será el resultado.
Y ella me dijo que sí, aunque nunca me había visto en su vida, y yo sólo la había visto en una de las conferencias. Y yo no soy así. No lo era. No iba por el mundo lanzando frases preparadas a las mujeres, pero ella era la mujer más hermosa del mundo, y se me clavó en el pecho con el mismo efecto que tienen las estacas en los vampiros, echó por tierra todo lo que yo creía saber sobre el amor y sobre la vida y sobre mí mismo. Solía llamarla mi pequeña lanza de Longinus, y ella siempre decía vamos, tú no eres Cristo. No en este universo.

Su boca estaba en mi cuello y la luz era verde. Yo llevaba el cinto puesto pero ella se había soltado el suyo. La calle estaba vacía como un televisor apagado, y hacía frío. Eran las cuatro de la mañana y yo debería haber esperado, debería haber mirado a ambos lados en lugar del semáforo. Los semáforos mienten los sábados en la madrugada.
El asesino llegó por la derecha. Recuerdo la luz de sus faros sobre la piel de Sara, dos tentáculos blancos atravesando el cristal y tanteándola como antenas. Como las sucias fiálides de un mosquito bicéfalo. Ni siquiera se me ocurrió abrazarla. Sólo me quedé allí como un imbécil, con el pie en el acelerador y una canción de Pearl Jam en la cabeza.

La mancha en la camisa azul del doctor tenía la forma de Gran Bretaña. De todo el archipiélago con sus pequeñas islas y sus islotes mágicos. Él hablaba y hablaba y yo sólo miraba su camisa azul. Lo supe antes, en el pasillo. Lo vi en su cara al quitarse la mascarilla, en el sudor en su frente y sus ganas de estar en otra parte. Dijo lo siento mucho dos o tres veces y siguió hablando y hablando pero yo ya no lo escuchaba. Traté de concentrarme en el dolor de mi brazo roto pero seguí pensando en Sara. Sara cavando una piscina en la arena. Sara intentando no chorrear la mayonesa de su hamburguesa. Sara llorando bajo la lluvia.
Sara diciéndome que sí.
Salí corriendo de allí con el corazón roto, gritando como un loco, medio desnudo y medio muerto. Hueco e inútil como la bóveda de un banco robado.
Dos días después llegué a La Gloria y me encerré en el sótano y me prometí a mí mismo que cuando volviera a salir sería en otro mundo.

El tiempo se mueve a través de las capas de la realidad como un haz de luz en una solución bifásica. El viaje es casi instantáneo pero hay pequeñas discrepancias, cada universo refractando los momentos y las decisiones en un ángulo diferente. Cada dimensión es una hoja a la deriva en una resma no alineada, una superposición descentrada respecto al original. Aunque no existe un original, todos somos copias, sombras de nuestra propia esencia platónica. Y a veces nos alejamos demasiado del molde, como una mancha de aceite a la deriva en una bandeja de agua.
Mi vida perfecta, la mejor posibilidad, era junto a Sara.
Hice los cálculos, átomo por átomo, electrón por electrón, hasta dar con una dimensión en que ella estaría sola. Sola pero incompleta. Una dimensión donde nos habríamos conocido y enamorado del mismo modo que en mi realidad, pero donde Sara me habría perdido a mí, y no al contrario.
Una diezmilésima de menos, y hubiera terminado en un mundo de arañas de cristal y nubes verdes. Una millonésima de más, y Sara estaría felizmente casada con un androide vikingo.
Me tomó un año y medio y casi veinte kilos de peso. Veinte meses de uñas largas y mal aliento, envuelto en el sonido enloquecedor de un enjambre de computadores. Un año de ojos enrojecidos y callejones sin salida y frío y oscuridad.

El sótano y la cabaña también existían en ese universo. Los computadores y su zumbido no. Salí a la luz de un sol distinto, pero los árboles parecían los mismos, rojos y amarillos como antorchas gigantes.

Di con ella en Los Ángeles, hermosa pero triste, borrosa como la imagen en un espejo empañado. Hojeaba un atlas en una librería. La seguí de sombra en sombra y de esquina en esquina, deshaciéndome por tocarla, asustado de parpadear por temor a perderla de vista.
Un vagabundo me observaba desde el interior de un automóvil, ojeroso y peludo, pero era yo, reflejado, y de pronto tuve miedo de espantar doblemente a Sara. Ver a su esposo regresar de entre los muertos sería suficiente.
Afeitado y limpio, una versión enflaquecida de mí mismo, aún con el brazo tullido y voz temblorosa, toqué a su puerta y esperé.

Los ojos más hermosos del mundo se abrieron como flores al amanecer. Debería haberme sentido mucho más feliz que triste, pero ver a esta Sara con su vestido azul, el que yo le había regalado, me recordó a mi Sara y la mascarilla azul del doctor, su camisa azul y sus pantalones azules, sus guantes y sus ojos azules. Seríamos suplentes en un partido acabado, sustitutos casi perfectos de nosotros mismos, llenando un vacío demasiado ajustado. Nunca me sentí más plástico y reemplazable en toda mi vida y por un instante afilado y corto me arrepentí de la idea. Pensé en mi propio universo, perdido en alguna curva del aire, una dimensión más gris y fría sin Sara, mi Sara, pero una dimensión que había sido nuestra. Me sentí como un pintor idiota que cambia pinceles por marcos, y de repente le di la espalda y salí corriendo.
Pero Sara gritó espera y me detuve en seco.

Somos animales, nada más. Máquinas de carne con ínfulas de divinidad. La piel de Sara en mis labios mandó al abismo su muerte, y me puse el traje de su querido Jack como un experto. Empezaremos de nuevo, pensé, con su lengua en mi boca y su espalda en mis manos. No te estoy olvidando, preciosa, no te estoy reemplazando. Te estoy reconstruyendo en otro universo. Estoy tallándote con mordiscos y no voy a pedirte perdón porque no soy yo, soy lo que tú me hiciste. Cómo demonios iba a vivir sin ti. Eso pensaba mientras entraba en ella, y no hubo palabras acechando como gatos hambrientos, y nos dejamos ir sin pensar en nada. Así era siempre, cuando estábamos juntos, con las sábanas pegadas al cuerpo y el otoño en la ventana. Los mismos diamantes de sudor rodeando su ombligo, los mismos bucles negros en la almohada. Tan adentro que casi estaba al otro lado.
Y luego apoyar la frente en su nuca y respirar entre sus omóplatos y decir te quiero como una cascada.
Ojalá el mundo se hubiera acabado entonces.